Poco a poco y casi instintivamente comencé a dibujar una sirena.
Al principio, una silueta fue apareciendo. Los detalles surgieron en primer lugar en la cola y de ahí subieron hasta llegar al cuello, dejando el rostro vacío aún. El pelo, largo y ondulado fue el siguiente que "decidió" crecer. La cara todavía sin rostro, las sombras y otros detalles siguen apareciendo. La blanca faz de la sirena estaba girada, era intención de un semblante melancólico. Sin embargo, al comenzar a definir los rasgos de la cara de la pequeña y triste nereida no florecieron ojos tristes y una mueca caída. En su lugar había un resplandor en la mirada y una lucida sonrisa.
La obra mágicamente tomó vida propia y decidió ser feliz, lo que yo, su autora quería reflejar era un sentimiento afligido pero la sirena mostró sus verdaderos sentimientos. Sin entender cómo ocurrió aquello, opté por destrozar a la sonriente sirena, pero algo en mí paró ese deseo y me hizo entender que la sirena había rescatado la escasa alegría que quedaba en mi corazón plasmándola en ese papel para siempre.
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